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Estamos aferrados al mundo jurídico: dentro de él se ordena qué hacer, qué no y mediante cuáles condiciones. Por muy obvio que a veces nos parezca, la libertad no está a nuestra discreción, porque los objetivos que intentamos perseguir están determinados, en gran medida, por el Estado, razón de ser del gobierno.
Todos nos encontramos girando alrededor de la supremacía estatal, a pesar de nuestra indiferencia a esa realidad. Es idéntico a lo que pasa en la afamada película Don’t look up (No mires arriba); el meteorito va a caer sobre la Tierra y tú habitas en ella: la única manera de salvarte es saliendo de este planeta hacia donde no sientas el ¡Boom!.
No importa hacia dónde te muevas, las normas están ahí; conoces algunas, pero la gran mayoría no sabes de qué tratan. Como te presumo buen ciudadano, me imagino que respetas una gran cantidad de las que conoces… Las demás, las dejas pasar. “¿En qué cabeza cabe tanto control?”, “¡Que se encarguen los políticos y los abogados!”, son declaraciones legítimas y cargadas de razón. En particular, no estoy de acuerdo con que “la ley se reputa conocida” o que “nadie puede alegar la ignorancia de la ley”.
Principios como estos dos son visiones prácticas para que posibilitar la acción de gobernar: el ejercicio del poder no debería estar limitado tan solo porque no se conozcan todas las normas. Ahora bien, preceptos idénticos serían más efectivos si la elaboración de las leyes se realizara con cautela.
En la República Dominicana muchos ámbitos son regulados bastante pronto y cuando se publica alguna ley o decreto sólo quien los elabora es capaz de comprenderlos –y a veces ni ellos mismos.
De todos modos, se nos empuja a vivir dentro de las barreras de nuestra autonomía y los derechos que le sirven de instrumento; es lo que denominamos “juridicidad”. Pues bien, esta juridicidad se despliega en las vidas de cada uno con una presencia marcada.
Convivir en el país, así como está, llevando en los hombros el peso de tantas obligaciones, pudiera resultar armónico si se desarrollara un ánimo colectivo de compromiso hacia el Derecho. Enseguida observaríamos cómo cualquier exigencia jurídica adquiere eficacia logrando la satisfacción de los intereses de las comunidades.
No hay que negar, por supuesto, que ese balance representa un desafío cuyo punto de partida está en determinar el alcance de nuestra libertad; repito: saber qué podemos hacer, qué no, y en cuáles condiciones.
Sin embargo, no todo es oscuridad. Como ciudadano te bastará familiarizarte con tres grandes "lugares" donde buscar tus derechos y deberes:
1) La Constitución: biblia jurídica de la nación
Un texto sin mayores complejidades ni exigencias –no fue escrita para intelectuales; de ella nos servimos. Aunque no lo creas, prácticamente cualquier aspecto de tu día a día tiene un antecedente constitucional, quiero decir, que algo manifiesta la Constitución acerca de tu profesión u oficio: seas empresario, trabajador, profesor, alumno, chofer, pasajero, vendedor, comprador, gamer... En cierto espacio de sus 277 artículos existe un derecho, un deber o una garantía –una forma de proteger tu derecho– con bastante tela por donde cortar. La Carta Magna se vive modificando y, por cierto, es posible que antes de 2024 tengamos otra reforma, así que mantente pendiente.
1) Las leyes: una constelación de normas en toda su diversidad
No podemos esperar a que la Constitución se ocupe por completo de las actividades cotidianas. Para ello están las leyes: para ser más específicas y acercarse a lo concreto... ir al grano.
Pongo un ejemplo: si nuestra ley suprema consagra el Derecho a la educación, las leyes especiales de esa materia deben exponer con mayor amplitud sobre las formas de ejercer tal derecho:
➡️ Cuál es la organización de las escuelas
➡️ Quiénes dirigen el sistema educativo
➡️ Qué se requiere para considerar que un dominicano está educado
Lo mismo cabe decir sobre las otras áreas de la vida nacional: con las leyes vienen muchas más especies de textos normativos: las resoluciones, los reglamentos, los decretos, las ordenanzas, los instructivos, etc.
3) Los actos de la autoridad: cómo se da aplicación a las normas
Si las normas determinan nuestras posibilidades, el trabajo de quienes poseen autoridad jurídica las lleva al plano de lo práctico. Con razones justificadas o no, los agentes del Estado, funcionarios en sentido general, aplican normas y toman decisiones. El permiso para hacer eso se lo ha otorgado la ley.
A menos que se trate de actos ilegales, injustos o arbitrarios en extremo tenemos el deber de considerar que una persona con autoridad pública obra con legalidad. Este deber de obediencia adquiere valor cuando desconocemos los motivos de la decisión, sea que afecte a todas las personas o a algunas en concreto.
Lo cierto es que cumplir, dentro de nuestras posibilidades, con la Constitución, las leyes y los actos de la autoridad pública nos hace merecedores de la condición de ciudadanos, sin importar que seamos mayor de edad o no. Aunque de ninguna manera está claro el camino para cumplir todos los deberes, algunas acciones que ayudan a perfilar el carácter de ciudadanía pueden resumirse en estas tres:
1. Interésate por los acontecimientos del país
Tienes que ojear periódicos, ver las noticias en televisión o Internet, sin creer ciegamente en todo lo que se afirme o niegue, ni volverte cronista de cuanto se narre. Necesitas introducir temas de interés colectivo en tus conversaciones diarias.
La vida se desarrolla gracias a la interdependencia y a un complejo sistema de relaciones: a) poder de decisión de algunos sobre otros; b) formas particulares de comunicarse; c) personalidades distintas; d) problemas a los que nadie aún da alguna respuesta…
En definitiva, la existencia es un movimiento sin pausas.
Afíliate con activismo a un partido político, a una organización comunitaria, según tus intereses, o a un gremio… Aprovecha las redes sociales para expresarte. Eso sí, hay que aprender a leer y razonar correctamente para exponer buenos argumentos. La lectura crítica ayuda a desarrollar el pensamiento.
2. Piensa nivel global: Ucrania y Rusia están al doblar la esquina
Santo Domingo no es una isla perdida en medio de la nada; pertenece al gran Caribe, en una ubicación estratégica, “en el mismo trayecto del sol” –como sentenció hace tiempo el poeta nacional, don Pedro Mir–y comparte el suelo con otro Estado: Haití.
Tu país, la República Dominicana, es miembro de organizaciones internacionales, como la de Naciones Unidas (ONU), la de Estados Americanos (OEA) o la Comunidad del Caribe (Caricom). (Investiga más al respecto).
En el devenir de la adhesión al ámbito político internacional se han firmado tratados o convenciones sobre derechos humanos y para regular aspectos económicos; consideremos la Convención Americana sobre Derechos Humanos (CADH) o el Tratado de libre comercio entre los Estados Unidos, Centroamérica y la República Dominicana (DR-CAFTA, por sus siglas en inglés).
Estos grande actos de voluntad como nación nos comprometen de forma directa. Ponerse al día con ellos contribuye a entender los procesos sociales, económicos y políticos que se desarrollan día tras día. Si no deseas leerlos por completo, al menos sigue a expertos que hablen con transparencia y honestidad sobre las implicaciones de su contenido.
Como lo menciono en el subtítulo, Ucrania y Rusia no están tan lejos del todo. Vemos sus circunstancias con distancia, pero sus efectos se hacen sentir incluso del otro lado del planeta... ¿No me crees? Presta atención a tu próxima compra en el supermercado... escucharás el sonido de la guerra en cada peso.
3. Piensa nivel local: sí, las acciones del vendedor de plátanos importan
Hay quienes defienden el globalismo –orientación hacia lo externo, fomentando la inversión extranjera, la apertura migratoria, etc.– y hay quienes prefieren el localismo –nacionalismo, inversión local, menor incentivo migratorio, etc.
Sin embargo, la actitud ciudadana no debe reducirse a ser parcial con las ventajas de uno u otro aspecto, ni a hacerse radical en uno de los dos bandos. En el esfuerzo por juzgar las bondades o maldades del contexto internacional se olvida la realidad de lo que está cerca.
La provincia, el barrio, la calle, la esquina, los vecinos, el lugar de trabajo, los colegas o compañeros, la familia, los amigos, los extraños que pasan por el lado: todos se apoyan en una patria común.
Ten en cuenta la importancia del interés y el pensamiento en los hechos del país; así te aseguras de no ser cada vez menos ciudadano. Porque la ciudadanía es una cuestión de grados y de esfuerzos. Como un músculo: si se ejercita mantiene su vitalidad, pero si llega el rezago en la práctica vendrá una disminución inevitable en el volumen y la fuerza del tejido.
Basta realizar hábitos de ciudadanía como los propuestos más arriba. Estoy seguro de que nada podrá causarte impresión ni “agarrarte asando batata”, como solemos decir. Mantenerte activo en el “mundo” jurídico te dotará de una mente preparada para discernir.
Puedes empezar a hacer ciudadanía, a dejar sentir tu voz, desde ya mismo.
Un deber de mi parte será tolerar tu opinión, cualquiera que sea y hecha con respeto.
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